Adentrarse en los lugares recónditos de nuestro cerebro tiene ventajas pero también inconvenientes. Los afortunados que hemos podido desconectar durante el periodo estival, también hemos descubierto, en esas fantásticas horas de introspección, parcelas de nosotros mismos que no conocíamos.La vida transcurre muy rápidamente, y no nos permite a menudo, ser conscientes de qué nos preocupa realmente, cómo somos de verdad o qué haremos mañana, pero la desconexión sí ayuda.
Es curioso, trazamos un idílico horizonte de voluntades, que suele coincidir con la llegada del año nuevo, pero normalmente ese puente transcurre ante compras, vacaciones de nuestros hijos (y los problemas inherentes a la nueva situación), intentos de planificar encuentros familiares... demasiadas actividades para pensar en un cambio personal.
Sin embargo, el verano... es el momento idóneo para pensar cómo seguir, que melodía tocar, y qué botones accionar. Es aquí cuando forjamos nuestro futuro más inmediato, cuando hacemos las promesas más imposibles de cumplir y reiteramos nuestra intención de continuar, aunque las dificultades nos frenen.
La introspección anida en nuestros deseos, y queramos o no, sin darnos cuenta, un cambio en nuestro entorno habitual, alguna hora mirando el mar o la montaña, un trayecto en avión... cualquier momento es perfecto para practicarla.
Ana,
ResponderSuprimirEl verano nos brinda la oportunidad de compartir (con familia, amigos), de descubrir (gentes y lygares) pero tal y como nos recuerdas, nos ofrece valiosas oportunidades de introspección.
Un abrazo